miércoles, 9 de agosto de 2017

Nunca me fui

Siempre estuve ahí.

martes, 5 de noviembre de 2013

AMIBLOGERS

Para ustedes mis amigos, que sin haber secado nunca las lágrimas de mi cara, hicieron que en más de una noche de angustia las cambiara por una sonrisa, porque nunca estoy sola, porque se que a miles de kilómetros ustedes están allí.
Gracias.
 Atrapado

¿Cómo hacer para salir del círculo vicioso en el que estaba envuelto? Era un hamster corriendo en una rueda que no lo llevaría a ningún lado. Sin embargo, no podía dejar de hacerlo.

domingo, 22 de mayo de 2011

DOLOR



"No hacía falta tanto dolor". Pensó mientras juntaba con sus manos pequeñas las astillas del espejo de los buenos momentos y el amor para siempre que se desparramaron en el lecho de la verdad.

"No hacía falta tanto dolor". Dijo mientras hacía un nudo su garganta y el agua de sus ojos desbordaba incontenida por las ganas de ella que tenía.

"No hacía falta tanto dolor". Susurró sobre la almohada cómplice de momentos mágicos.

"No hacía falta tanto dolor". Reflexionó mientras el sonido desentonado del timbre lo volvía a la realidad como una página re cargada.

Abrió la ventana de la puerta y la fuerza del aire nuevo y limpio le secó en cámara lenta los ríos de dolor que rodaban por sus mejillas. Del otro lado, el lado soleado de la vida, un rostro que recordaba a penas, le sonreía generosamente ajeno a toda la oscuridad que lo precedió.

Entonces espejó la sonrisa, corrió las nubes de sus ojos y abrió la puerta. Recuerdos vagos de viejos buenos momentos llenaron el espacio y se fundieron en un abrazo eterno. El aire se llenó de sonrisas y mates amargos, de promesas olvidadas sin rencor, de billetes grandes que no esperaban vuelto. Y entonces pensó....

"¿Hacía falta tanto dolor?", no lo sabía con certeza, pero definitivamente ¡hacía falta tanta alegría!

lunes, 7 de febrero de 2011

Me vaciaste de perdones.

viernes, 25 de septiembre de 2009

OPORTUNIDAD


Cuando Ema conoció a quien luego sería su esposo, Ricardo, este trabajaba en la mina de carbón. Aunque la tecnología había avanzado años luz en todo el mundo, en Trocha Angosta, todavía se hacían las cosas, del modo antiguo. Nada podía hacer pensar que las cosas terminarían así. Ema era muy querida en su pueblo, nunca hubo, ni habrá un entierro con tanta gente como en el suyo. El cajón se mantuvo cerrado en el velorio, ya que el veneno que utilizó para terminar con su vida, la deformó al punto que convertirla en una extraña.
Nunca hubo una historia de amor como la de ellos, nunca dos personas se amaron tanto, y de la misma manera, que luego se convirtieron en dos extraños. Nunca se dio la oportunidad, hasta esa noche en la que decidió terminar con su vida.
Ricardo era el hombre más dulce que había visto en toda su vida, detrás del rostro ennegrecido por el carbón, Ema descubrió la más bella de las sonrisas y los más tiernos ojos que nunca jamás volvió a ver en ninguna otra persona a lo largo y ancho de toda la Tierra.
Con el primer beso que se dieron, ella supo que él era el hombre de su vida, el sabor de sus labios la hechizó para siempre.
A Ricardo, ni siquiera sabe él porqué, se le hizo costumbre acostarse con otras mujeres. A veces ni siquiera había atracción física, sólo la oportunidad, saber que podía hacerlo, era una droga que no podía dejar de consumir.
Ella era maestra en la única sala de jardín de infantes del pueblo, una sala integrada donde intentaba que los pequeños lugareños, comenzaran un camino que los alejara de las húmedas minas de carbón.
Soportó uno a uno los engaños de su esposo, engaños que Ricardo nunca supo que Ema sabía. Cada uno fue un puñal, un puñal que lejos de herir y salir, permanecía allí, haciéndosele carne en su cuerpo.
Ella estaba resignada a vivir así su vida, porque cualquier dolor valía el precio de tenerlo en su cama cada noche.
Esa mañana la escuela estuvo cerrada, la falta de agua se había hecho una constante en los largos días previos al verano sediento de Trocha Angosta. Aprovechó la asfixiante mañana para comprar verduras, fue temprano, no sólo para evitar el calor del mediodía, sino para tomarse el tiempo necesario en elegir las mejores.
Mientras sus suaves manos buscaban los mejores zapallitos, sus ojos paseaban por la verdulería gris. Sonrió sin darse cuenta cuando tuvo que esquivar una telaraña que se balanceaba con el ventilador sobre el mostrador ajado. Para su sorpresa, tuvo una respuesta, ya que no se había dado cuenta que otra alma respiraba el mismo aire que ella.
Un muchacho obviamente nuevo en el lugar, le sonrió amablemente, al tiempo que la iluminó con sus ojos. Ema se ruborizó y esquivó de tal manera la mirada aquella que sus manos tiraron al piso los zapallitos a su alrededor, lo que la avergonzó aún más.
Alejandro, según supo después, se agachó diligente a ayudarla, ambos chocaron sus rodillas y no pudieron evitar la risa, algo contenida, pero que logró escaparle a la vergüenza.
Ella le agradeció el gesto, él le tendió su mano. Ella dudó, él la extendió unos centímetros más. Ella ofreció su mano blanca, él la estrechó contenidamente, como con miedo a lastimarla.
Ema pagó rápido y huyó, literalmente, de la verdulería sin despedirse de nadie en el apuro. Mientras caminaba buscando la sombra de cada árbol esquelético que había en la calle, sonrió una vez más al recordar a Alejandro, “hola, Alejandro, llegué hace un mes para hacer el acueducto”, había dicho él sonriente, al no obtener respuesta había agregado, “soy el ingeniero del proyecto”. Ema sólo atinó a decir, “maestra jardinera”, sólo eso. Soltó una carcajada en el banco de la plaza al recordar el momento, debe haber pensado que para ser maestra no sé hablar bien, pensó y volvió a reir.
Estaba en eso cuando desde atrás escuchó: “esta plaza necesita agua urgente, ¿no Ema?”. Volteó apresurada, porque en el pueblo todos la llamaban “señorita Ema”. El sol quedó eclipsado detrás de la figura del muchacho que nuevamente le sonreía.
Él se sentó a su lado, charlaron largo rato, primero de cosas superfluas, luego del pueblo, de su gente que a veces parecía sumergida en el tiempo, sin pasado ni futuro, en un presente eterno.
Él se enamoró de esa pequeña mujer casi al instante, no supo si fue por su sonrisa plena, por sus manos suaves, por sus ojos profundos y negros como el carbón, por la pasión al hablar del jardín y sus proyectos o la pena en su voz cuando, sin saber por qué, le contó sobre los engaños de Ricardo.
La mañana se hizo mediodía, cuando las sombras desaparecieron perpendiculares sobre la árida tierra, Ema se despidió. Él tomó su mano presuroso, “date una oportunidad Ema”, casi le suplicó. Ella derramó una lágrima filosa como una gillette, ¿de qué hablaba ese hombre de ojos color cielo y cabellos de sol?. Él la invitó a viajar juntos, ella le explicó una y otra vez que estaba casada, que no podía, que jamás engañaría a Ricardo, que era su amor. Él le sonrió, “date una oportunidad Ema”. A las 22, dijo él, no puedo dijo ella; te espero dijo él, no puedo, dijo ella. “Yo sé que vas a poder liberarte Ema, te ofrezco una oportunidad, no se si funcionará, no se si será amor eterno, no se si será perfecto, pero te la ofrezco, sin engaños ni mentiras, a las 22 en la estación del tren”.
Caminó de regreso a su casa como aturdida, pensó que quizás nada pasó y que fue sólo el sol que la insoló, pero al meter la mano en el bolsillo para sacar la llave, sus dedos tocaron un pequeño papel con un número telefónico. No había sido una fantasía, había pasado, otro hombre le prometía todo lo que ella esperaba de Ricardo.
Lo primero que hizo al entrar fue bañarse. Mierda, se sentía sucia tan sólo de haber hablado con otro hombre, la esponja dejó roja su piel, una y otra vez. Pensó en cómo iba a poder mirar a su esposo a los ojos y en qué iba a contestar cuándo Ricardo le preguntara qué había hecho durante su día libre. Se sumergió en la bañera, no con un poco de culpa por haberla llenado sabiendo la falta de agua que hay en el pueblo. Se descubrió tocándose mientras repasaba una a una las palabras escuchadas y pronunciadas durante su charla con Alejandro. El placer inundó la bañera, su aliento cálido se mezcló con el vapor del agua y sus gemidos estremecieron los vidrios empañados.
Pasado el orgasmo, cuando el cuerpo languideció, lloró frente al espejo, lloró porque realmente deseaba animarse, lloró porque quería salir corriendo a sus brazos, lloró porque por primera vez en tanto s años su deseo tenía otro destinatario, lloró porque sabía que jamás se animaría a hacerlo. Intentó convencerse de que merecía una posibilidad cuando se le terminaron los dedos de las manos recordando los engaños de su esposo, pero sabía que no podría hacerlo, pensó en darle una nueva oportunidad a Ricardo, pensó que tal vez la mina y el cansancio lo llevaban a otros brazos, que si se esforzaba, si empezaban de nuevo, ambos tendrían una nueva oportunidad.
Se puso su mejor vestido, pintó sus ojos suavemente, y colocó tres gotas de perfume en su pecho. Hizo la comida, prendió velas, sonrió. De repente ese hombre le había dado un aire nuevo a su matrimonio. En definitiva, Alejandro le había dado la posibilidad de una nueva oportunidad y en silencio se lo agradeció.
A las 20 llegaba Ricardo, cuando el reloj marcó las 21, supo que algo no andaba bien. Espantó malos pensamientos y apagó las velas. A las 22, su corazón dio un salto. Ricardo entró con la cabeza gacha, cuando la vio allí sentada, tan bella, cuando vio las velas que aún despedían un hilo negro, le tomó la mano y le pidió perdón. No hicieron falta demasiadas palabras, el olor a colonia barata, lo dijo todo.
Recogió sus cosas en silencio, afuera un auto con una mujer joven lo estaba esperando. Le dio un beso en la frente y se fue, a tener su oportunidad. La de ella, iba camino a Buenos Aires.
Apretó fuerte el número de teléfono, tanto que se borroneó en la transpiración de sus manos. Estuvo allí sentada en la oscuridad hasta que no sintió sus piernas producto del hormigueo.
Caminó en silencio, sin pensarlo, tomó del lavadero el veneno que había comprado en lo de Raúl para luchar contra las lauchas que insistían en roer todo por la noche.
Se recostó en la cama y lo ingirió. Esa fue la única oportunidad que se dio.

martes, 23 de diciembre de 2008


UN FANTASMA

Definitivamente lo peor era acostarse y despertarse sola todos los días, cada amanecer, el frío de la otra mitad de la cama era desolador.
Cada maldito rincón de la casa olía a él, los recuerdos estaban grabados, en cada azulejo, cada canilla, en cada lámpara, en cada silla. Se había tomado el trabajo de retirar cada foto suya, sin embargo, a medida que pasaban las horas, seguía descubriendo detalles que le recordaban, no tanto que él había vivido allí, sino que él ya no lo hacía.
Los primeros tres días, estuvo acuñada en el sillón, aquel en el que tantas veces habían hecho el amor, ni siquiera se levantó a comer, ni a bañarse, nada le importaba, nada, estaba anestesiada.
Lo que más le costaba entender era que él no tuviera la misma necesidad de ella, que ella de él. ¿Cómo podía vivir sin ella, si ella se estaba muriendo sin él? ¿Cómo era posible que pudiera seguir viviendo, cómo pudo haber dejado atrás tanto amor, tantas noches de amor hasta quedar sin aliento, así, nada más?
A pesar de las falsas promesas de estar bien, no lo lograba, estaba empecinada en estar mal, quería castigarse por haber dejado ir al amor de su vida. Como al césped que regaron juntos cada día y cada noche, y que luego, sin motivo alguno dejaron de hacerlo, así como el césped que dejaron morir, dejaron morir a su amor. Su amor que sería eterno, sus planes de casamiento, de un hijo, de envejecer juntos y morir de la mano, pero todo fue tan efímero, tan terrenal, tan mortal.
Nunca había conocido a un hombre que oliera tan bien, jamás olía mal, jamás, incluso luego de estar trabajando bajo el látigo del sol todo el día, luego de correr por la arena pesada de la playa, o luego de haber hecho el amor durante horas y horas.
Él tiene la piel más suave del mundo, los ojos más tiernos, los besos más profundos, los brazos más fuertes, el mejor sexo; él tenía su medida, estaba hecho para ella y ella para él.
Era su culpa, ella lo sabía, ella había transformado a un ser maravilloso en un ser despreciable, su amor, no era bueno, era mucho, era eterno, pero lo cambió.
Nada quedaba en él de aquel hombre suave y tierno, casi tímido que la miraba entre sus pestañas, nada quedaba de él, ahora tenía la mirada dura y la sonrisa forzada. Ella lo destruyó, destruyó al amor de su vida y ahora pagaba caro eso, lo pagaba con soledad.
Pensó en la manera de terminar con el sufrimiento de una vez por todas, pero los ojos de sus hijos le sacaron el valor. Se transformó en un fantasma y así estaba condenada a vivir el resto de su vida, un fantasma sin corazón, porque se lo había dado a él y él se lo llevó cuando se fue.

lunes, 13 de noviembre de 2006

La alcantarilla



Se negaba a creer que todo tiempo pasado fue mejor, es más tenía que esforzarse para encontrar en el pozo de lo que ya fue, un buen recuerdo, por lo menos bueno, no tenía la expectativa de que sea alegre o significativo para su vida de manera alguna. Sin embargo estaba agradecida por la vida que tenía ahora. El silencio como compañía le permitió recordar lo que durante tanto tiempo se había esforzado en olvidar:

Era un bar oscuro en las orillas del pueblo, cerca del río. Allí convivían camioneros de paso ocasional, los trabajadores de la mina y los que preferían no ser vistos. “Mujeres de vida fácil” le habría dicho en una oportunidad su padre, eso le causaba gracia, ¿quién inventó que una mujer que debe dejarse manosear por un desconocido tiene una vida fácil?

Nunca pudo olvidarse de Clara, una mujer con más carne en las caderas que cabellos, tenía en la mano derecha dos verrugas que le causaban repulsión.”Es el castigo por lo que hago” le habría dicho una noche en la que el alcohol no alcanzó a desdibujar la realidad.

Clara tenía una costumbre que le llamaba la atención y nunca vería en otras mujeres que alquilaban su cuerpo: luego que se iba el cliente, se lavaba en un fuentón que solía guardar debajo de la cama, usaba algún tipo de desinfectante “porque con estos cerdos nunca se sabe” afirmaba y luego pedía perdón y rezaba arrodillada sobre granos de arroz al lado de la cama.

Nunca se animó a preguntarle porque se hacía eso, sólo le respetaba el tiempo que necesitaba antes que ella entrara para cambiar las sábanas cada tres clientes, podría haberlo hecho en cada caso, pero el dueño del sombrío lugar decía que no podía gastar tanto jabón y que "total nadie se daba cuenta porque la mayoría estaba re borracho o demasiado desesperado como para ponerse a oler las sábanas".

Estaba también Blanca, el problema de ella era que se enamoraba de la mayoría de sus hombres, vivía esperando que alguno de ellos la sacara de allí, estaba confiada que si era buena y hacía bien su trabajo, alguien la llevaría para darle un hogar, aunque sea uno tenía que pedírselo, estaba segura. Se volvió una experta, pero no vivió lo suficiente para saberlo.

María Concepción era la más joven, era optimista sus ojos todavía no tenían la lúgubre expresión de sus compañeras de vida. Creía que en algún momento se iba a ir de allí porque “esto es por un tiempo” se repetía y le aseguraba a quien quisiera escucharla, que por supuesto no eran muchos. Tenía la piel suave, la carne fresca y su cuerpo conservaba el aroma que tenía antes de irse de la casa de sus padres para no volver nunca más.

Juan Daniel era el encargado de mantener a los clientes hidratados, le decían Judá, una pelea cuando todavía tenía sueños lo dejó rengo y se los llevó a todos juntos y nunca más se atrevió a tenerlos.

Las campanas la trajeron al presente de nuevo, se sacudió el polvo de los recuerdos y sonrió, la esperaba su hija, con toda la ilusión vestida de blanco. Entonces miró al cielo color turquesa y agradeció una vez más: dio gracias por haber salido de ese lugar, por poder mirar a los ojos a su esposo y a sus hijas, porque no renegaba de su pasado, pero tampoco la enorgullecía. Hubo noches de mucho miedo, de manos rápidas e incontrolables, de alientos rancios, pero también de voces con autoridad y brazos que abrazaban y protegían.

Se preguntó que habría sido de las mujeres de allí, de los hombres, pensó ¡cuántos sueños perdidos, cuántas sorpresas, cuánto dolor y cuánta esperanza había habido allí! y volvió a sonreir.